Su extensión es corta, pero las experiencias que se viven allí son intensas. Basta verla en fotografías para notar que hasta el más intrépido de los conductores encontraría en esta carretera un importante desafío.
El camino de Los Yungas consiste en único carril estrecho por donde transitaban camiones y coches, además de algún que otro ciclista atrevido.
De un lado está la montaña, del otro, el vacío. Un simple descuido podía terminar en una catástrofe en este sector antiguo de la ruta 3 de Bolivia.
Ubicada en Bolivia, une los altiplanos en los que está la capital del país (La Paz) con la región de Los Yungas, en la selva. Cubre unos 65 kilómetros y supera un desnivel de nada menos que 3.600 metros, partiendo desde los 4.300 metros de altura a los que se encuentra La Paz. El pavimento es tierra y gravilla y la anchura de la vía no excede de unos 3.2 metros, aunque existen apartaderos.
El camino entre La Paz y Coroico fue el escenario de accidentes viales terribles.
El más letal fue en 1983, cuando un autobús cayó al vacío y murieron alrededor de 100 personas. Pero a pesar de que el nuevo trazado de la ruta 3 haya vuelto menos peligroso al camino de Los Yungas, aún hay quienes pierden la vida en este sitio, lejos sin embargo de las cifras de otras épocas.
En 2006 se inauguró un trazado de la ruta más seguro y asfaltado, con mejores condiciones que el camino tradicional.
Desde entonces se redujo el tránsito pesado y el camino de los Yungas ya no forma parte de la ruta 3, que une a La Paz con la ciudad de Trinidad, en el departamento del Beni. Sin embargo, el tramo peligroso cercano a Coroico aún permanece abierto. Muchos llegan allí en bus o bicicleta, atraídos por las pendientes vertiginosas, las curvas cerradas y las increíbles vistas.
En la época de lluvias, la situación empeora. También la niebla complica la seguridad de quienes se atreven a emprender este camino, construido en la década de 1930 por prisioneros paraguayos capturados en la Guerra del Chaco (1932-1935).
El elevado número de accidentes ocurrridos ha hecho correr la leyenda de que espíritus malignos de la selva (y de los prisioneros de guerra que la construyeron) llevan a los conductores a precipitarse al vacío. Cada año morían en la carretera alrededor de 100-200 personas, y rara era la semana en la que no ocurrían accidentes, lo cual consagró su fama como "ruta de la muerte".









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